Las heridas del Caído (cuento)

Pip, el juglar, había vuelto después de bastante tiempo al campamento de los guerreros. Su trabajo errante lo tuvo alejado más de lo que él hubiera querido.

Porque Pip conocía a alguien en ese campamento. No era estrictamente alguien de su familia, ni tampoco su amigo, pero al mismo tiempo era más que eso.

Los que leyeron algún otro de estos cuentitos sabrán que hablo de RosCen, el que le dicen el Caído. El gran guerrero en desgracia, desterrado del gran castillo de los honorables caballeros. Pip había escuchado la historia de RosCen y desde ese momento siempre trataba de saber como le iba en su ardua lucha por regresar.

Luego de un año de confusiones y equivocaciones, luego de que otros cayeran, como el tan afamado millonario, RosCen había retomado el camino y luchaba de otra forma. Sus seguidores estaban muy esperanzados.

Sin embargo, en la última batalla, las cosas no habían ido bien. RosCen enfrentó al lobo, luchó con mucha fuerza pero sin ser certero y, en un injusto final, fue derrotado. Pip no podía contener esa sensación, entre furia e impotencia, que le causaba lo ocurrido.

Con el profundo respeto que le inspiraba la talla del guerrero, se le acercó despacio. RosCen, al costado del campamento, se revisaba las heridas de la última batalla.

-       Hola Sr RosCen, hace mucho que no lo veía.

-       Hola pibe, ¿vos eras el cantante, no?

-       Sí, señor. Estuve lejos un tiempo, me enteré de lo que pasó el otro día. Que injusticia, tengo una bronca terrible. Quisiera hacer algo, no sé.

-       Yo también tengo mucha bronca. Te digo la verdad, la bronca me duele más, que estas mordeduras de lobo que tengo.

Pip miró el brazo y la pierna del Caído. Las heridas eran grandes, se veían mal.

-       Es terrible señor, esto no puede quedar así. Esta lucha es muy jodida, y un paso mal dado lo aleja del objetivo. Mire como festejan allá, el millonario y su grupo de alcahuetes, se creen que la tiene fácil, pero bien que estaban preocupados hace una semana.

-       Mirá pibe, dejalos en la suya, no me interesan. Yo hago lo mío. El otro año estuve confundido, pero ahora sé que esto es así, pelear y pelear.

-       Sí, claro señor. Pero estas injusticias, me ponen mal, si se repiten la mano va a estar muy jodida.

-       Vos tenés razón, muchacho. Pero si yo no cometía tantos errores frente al lobo ese, la injusticia no le hubiera servido de nada.

-       Sí señor, está bien, pero no sé que hacer.

-       Lo que tenías que hacer, ya lo hiciste, viniste a verme. Y eso me hace pensar en algo. Alcanzame ese pedazo de tela, por favor.

Pip tomó el trapo que señalaba RosCen y se lo dio. El guerrero lo cortó en dos, y en un minuto, se vendó ambas heridas. Tomó la espada y, usándola como apoyo, se levantó.

-       Correte un poco pibe, tengo que practicar, esto no se termina, recién está empezando.

Pip se sentó a un costado, y vio la estatura monumental del guerrero, que empezó a moverse y a blandir la espada. Ya no parecían dolerle las heridas, cada vez con más fuerza y más velocidad, se preparaba para la nueva batalla.

-       Que suerte que vine – se dijo Pip – me hizo bien poder hablarle, este es el RosCen que todos necesitamos.

Y así transcurrió la tarde, mientras RosCen no paraba de entrenarse para la próxima vez que debiera luchar, con su espada y su escudo, azul y amarillo.

2 comentarios

  1. Excelente Gus! como siempre nos tenés acostumbrados!

    Aguante RosCen !!!!!

  2. CANAYAS, si van el sábado a ver al más grande y tienen lugar comparto gastos para viajar, gracias.

    VAMOS CENTRAL CARAJO………………..!!!!!!!!!!!!!!

Los comentarios están cerrados.

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